Se come, se descansa, se conduce. En ese orden.

Marruecos

Cuatro rutas desde el Estrecho: medinas imperiales, Atlas nevado, dunas de Merzouga y la costa donde siempre sopla el Atlántico.

A Marruecos se entra con la cabeza puesta en otra escala. No porque sea “exótico” —esa palabra la dejamos en la maleta antes de embarcar en Tarifa— sino porque el país funciona con una lógica propia, que no es ni europea ni caricatura de postal. Hay autopistas impecables entre Tánger y Marrakech, radares cada quince kilómetros, gasolineras con café decente, y después, a un desvío de distancia, pistas de tierra donde un pastor con rebaño es el único tráfico de la mañana. Todo cabe, todo convive, y uno aprende rápido que el cronómetro aquí se lleva mal con los planes cerrados.

Nosotros llegamos por primera vez en ferry desde Tarifa, como probablemente llegues tú. Una hora de travesía, el formulario D16 sellado antes de desembarcar, y de pronto estás conduciendo por la izquierda de una carretera donde los carriles son sugerencias y los intermitentes, una broma privada del conductor que los activa. No es caótico: es otro código. A los veinte minutos ya lo entiendes, a la hora lo usas tú también, y al segundo día te sorprende tocar el claxon para saludar a alguien que te deja pasar.

Hemos armado cuatro rutas que cubren los Marruecos que creemos que importan: el de las ciudades imperiales —Rabat, Meknes, Fez, Marrakech—, el del Alto Atlas y el desierto, el de la costa atlántica batida por el viento, y el del Rif, que casi ningún extranjero pone en el mapa. No están los “top ten” de Instagram. Están los itinerarios que hemos conducido con un utilitario de alquiler, pagando la gasolina con dirhams sacados del cajero y durmiendo en riads cuyos dueños nos recordaban al día siguiente.

La mesa puesta

Cuándo venir. Primavera (marzo a mayo) y otoño (octubre a noviembre) son la ventana honesta. En verano, el interior —Marrakech, Fez, Merzouga— pasa de los 40 grados y conducir se vuelve un suplicio. En invierno, el Alto Atlas tiene nieve y el Tizi n’Tichka puede cerrarse sin aviso. Si viajas en Ramadán, cuenta con restaurantes cerrados hasta la puesta de sol, gasolineras más lentas y una energía distinta en las medinas —ni mejor ni peor, distinta. Avisamos en cada ruta.

Alquiler. Las internacionales (Hertz, Avis, Europcar) trabajan en Marruecos pero cobran el doble que las agencias locales, y esas agencias locales son, en general, serias. Medloc, First Car, Medina Cars —por poner tres nombres que conocemos— ofrecen un Dacia Logan o un Hyundai i10 por 280–350 dirhams al día (26–32 €) con todo riesgo incluido. Depósito habitual: 5.000 dirhams (unos 465 €) bloqueados en la tarjeta. Edad mínima 21, un año de carnet mínimo. El permiso internacional es muy recomendable, no siempre obligatorio. Los detalles en la guía de alquilar coche en Marruecos.

Combustible. Diésel ronda los 12 dirhams por litro (1,11 €), gasolina unos 14 (1,30 €). Gasolineras Afriquia, Shell y Total cubren las rutas principales; en el sur conviene repostar antes de salir a pistas largas. Pagar con tarjeta suele funcionar en surtidores grandes; en los pequeños, llevar efectivo.

Carreteras. Entre Tánger, Casablanca, Rabat, Fez y Marrakech tienes autopista de peaje (autoroute) en condiciones europeas: asfalto nuevo, áreas de servicio, velocidad 120 km/h. El peaje completo Tánger–Marrakech ronda los 280 dirhams (26 €). Fuera del eje, la red nacional es correcta pero lenta: 60 km/h de media en muchos tramos, cruces de pueblos, camiones, burros. En el Alto Atlas y el Rif hay serpentines de verdad. El Sáhara se entra solo hasta Merzouga en coche normal; las dunas de Erg Chebbi son territorio de 4x4, no de tu Logan de alquiler.

Seguridad al volante. Marruecos es un país tranquilo, pero no conducimos de noche fuera de ciudad. No por miedo abstracto, sino porque no hay marcas viales en muchos tramos, los ciclomotores van sin luces, y hay vacas, mulas y peatones en la calzada. Llegar al riad antes del ocaso. Punto.

Cuatro rutas

Cada una de las cuatro funciona como viaje completo. Puedes volar a Tánger, a Casablanca, a Marrakech o a Fez según cuál elijas —las cuatro ciudades tienen aeropuerto internacional con conexión directa desde España. Y si vienes con tu coche desde la península, el cruce por el ferry de Tarifa te lleva directamente al arranque de la Costa atlántica o al Rif.

I. Ciudades imperiales. La puerta de entrada clásica, y con razón. Ocho días suficientes para no comerse las medinas con prisa. Si tienes diez, añade un día a Fez y otro a Marrakech, que son las dos que te van a pesar en la memoria.

II. Atlas y desierto. La más exigente y la más memorable. El día del Tizi n’Tichka se conduce despacio —2.260 metros de puerto, curvas constantes— y el acceso a Merzouga pide atención. A cambio, la noche en un campamento bajo las dunas de Erg Chebbi es de las que no olvidas fácil.

III. Costa atlántica. La más cómoda. Autopista casi todo el camino, pueblos blancos, Essaouira al final como premio: viento, gaviotas, pescado a la plancha y las murallas de Orson Welles.

IV. Rif y norte olvidado. La más rara y la que menos turistas verás. Chefchaouen vale la visita aunque ya la hayas visto en fotos; Al Hoceima es una sorpresa. Cinco días es lo justo; añade dos si quieres caminar por el parque natural del Rif.

Para seguir conduciendo

Si vienes desde España con coche propio o alquilado en Algeciras, el cruce por Tarifa hacia Marruecos enlaza de forma natural con la Costa atlántica o con el Rif. Es un recorrido que hemos hecho varias veces y que, con el papeleo bien preparado, no tiene más complicación que llegar al puerto con tiempo.

De la despensa

Antes de recoger las llaves, vale la pena leer la guía de alquilar coche en Marruecos —especialmente si es tu primera vez aquí, porque las letras pequeñas del contrato merecen atención. Si cruzas por ferry, la guía de ferries del Mediterráneo cubre horarios y compañías. Y para el resto del área, conducir en el Mediterráneo.

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